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#BIPOLAR

Ella respira agitadamente, sabe que ya está cerca.
En aquel lugar hacía frío. La calefacción debía estar estropeada. Y aquella desagradable sensación se le colaba, sin remedio, por los riñones a través de la ridícula apertura que tenía aquel camisón en la espalda. Su mirada estaba congelada en las paredes que tan pronto le chillaban fuerte e incansablemente como enmudecían de la manera que sólo la soledad conoce.
No podía soportarlo. La cabeza le iba a estallar de un momento a otro, desperdigando fragmentos de bucles de pensamiento por toda la habitación. Y es que en esa pugna ya se había señalado a un vencedor. Y encima estaba aquella gélida sensación, que siempre le hacía sentir su propia sangre espesándose rápidamente…
No se puede afirmar que decidiera echar a correr, le salió sin más.
Por aquellos pasillos desolados se deslizaba a trompicones, jadeaba y su cuerpo se sofocaba progresivamente, pero el frío no se le despegaba de sus pies descalzos en una realidad de páramo plagado de clavos de hielo.
Para cuando alcanzó la puerta del edificio, ya habían notado su ausencia, pero era tarde. Al abrir, notó un terrible manotazo de aire helado en el pecho y en la cara, acompañado del sonido que hacían los árboles siendo golpeados por aquella misma mano de la noche.
Ella sabe que está muy cerca, casi puede sentir un aliento entumecido en su oreja izquierda, e intuye que cuando lo note en la derecha, el daño será inevitable, quizá irreparable al fin.
Los bosques de la mente no difieren los unos de los otros. Son oscuros, siniestros e infinitos. Perfectos.
Entonces se halló de nuevo en el borde de aquel precipicio que le es tan familiar. Abandonada. Agotada. Caminaba torcida, en un misterioso equilibrio, con la cabeza inclinada hacia delante: Aquí mismo, donde todo se crea, el frío estaba tomando el control y, finalmente se dejó llevar.
Era entonces, cuando dejaba de pelear, que un minúsculo brote de lucidez aparecía tenaz.
Hoy era un recuerdo, una imagen borrosa medio gris, medio azul pero prodigiosamente cálida. Ayer, el olor de la tierra mojada, fue el hilo de conciencia al que aferrarse. Mañana, una voz cercana. Su imagen del espejo. El susurro de la lluvia. Un maullido a lo lejos. Aquellas sacudidas que le revelan el filtro con el que creamos todas las cosas: la píldora que lo vuelve todo del derecho o del revés.
Volvió, por fin. Exhausta logró abrir la puerta y se hundió en los brazos del asistente, murmurando una sola frase, repitiendo una y otra vez: “La pastilla me devuelve al otro lado, la pastilla me devuelve al otro lado, la pastilla me devuelve al otro lado”.
Mente, tamiz de pesadillas y sueños: nada es real y todo lo es.
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